Rafael BARRADAS | Paseo junto al lago

Barradas, Rafael
1890-1929

Paseo junto al lago

Acuarela, tinta y lápiz sobre papel, c.1920

29 x 23 cm

Firmado en el ángulo inferior izquierdo.

Prueba de colores en el ángulo superior derecho

CONSULTAR PRECIO

Categoría:

Descripción

Rafael Barradas, seudónimo de Rafael Pérez Giménez Barradas (Montevideo, 1890-1929).

Pintor, dibujante e ilustrador uruguayo, y figura clave de la vanguardia española. Hijo del también pintor, extremeño de nacimiento, Antonio Pérez Barradas, y de una sevillana, se formó con otro artista procedente de la península, Vicente Casanova.

A comienzos de los años diez inició sus colaboraciones, de carácter modernista, en la prensa de su ciudad natal. Su primer cuadro importante fue Los emigrantes (1912). En 1913, año en que había sido uno de los fundadores del periódico El Monigote, tomó la decisión de marchar a Europa. Llegó a nuestro país en 1914, procedente de Francia y de Italia, país este último donde tomó contacto con el futurismo y, según algunos -pero se trata de un dato sin verificar- con el propio Marinetti.

Tras una breve estancia en Barcelona, fijó su residencia en Zaragoza, donde celebró una exposición -visitada y elogiada por Ignacio Zuloaga, y que motivó la división del público entre «barradistas» y no «barradistas»– y colaboró, con ilustraciones todavía modernistas, en Paraninfo, revista entre cuyos articulistas encontramos a un jovencísimo Guillermo de Torre.

Entre 1916 y 1918 residió en la capital catalana, donde conectó con su paisano Torres García, sobre cuya evolución influyó, y en compañía del cual en 1917, año en que Torres escribió sobre él en El Siglo, expuso en Dalmau, y con el poeta Salvat-Papasseit, en cuyas revistas (Un enemic del Poble, Arc-Voltaic, Proa) colaboró, al que retrató en una pintura sobre papel reproducida como frontispicio de Poemes en ondes hertzianes (1919), y a través del cual conectó con los medios anarquistas, algunos de cuyos escritores (Ángel Samblancat, Felipe Alaiz, Gil Bel) fueron muy amigos suyos. Entonces nace el «vibracionismo» barradiano, patente en algunas de sus mejores obras -visiones del puerto, el kiosco de Canaletas, del Café de la Universidad-, del que se encuentran ecos en el lenguaje crítico de la época -Larrea, en carta a Gerardo Diego de 1920, define la poesía de Garfias como «vibracionismo sentimental»– y en la obra de numerosos poetas, del propio Salvat-Papasseit a Guillermo de Torre.

A este último Barradas lo conoció ya en Madrid, donde residió entre 1918 y 1925, y donde pronto se convirtió en uno de los más asiduos ilustradores -a menudo con retratos de escritores- de las revistas ultraístas o próximas a esa tendencia (Alfar -de la que fue director artístico-, Grecia, Perseo, Reflector, Ronsel, Tableros, Ultra, Vida), en las que se publicaron numerosos artículos sobre su obra, destacando los varios que le dedicó Jarnés. Durante sus primeros años en la capital española, pintó cuadros vibracionistas de gran calidad (Atocha, Todo a 65, Casa de apartamentos, y retratos de su familia), en los que, como en sus dibujos, incorpora a menudo letreros y números. Posteriormente adoptó un estilo más macizo y sintético en sus personajes de café.

Durante una temporada que pasó en Luco de Jiloca (Teruel), el pueblo natal de su esposa, pintó el breve pero decisivo ciclo de «Los Magníficos», en el que algunos han querido detectar influencia solanesca. Expuso en diversos locales madrileños: en el Salón Mateu (1919), en el Ateneo (1920) -donde al año siguiente intervino en la Velada Ultraísta con «El ante-yo, estudio teórico sobre el clownismo y dibujos en la pizarra»– y en el Teatro Novedades (1920). Influyó decisivamente sobre la evolución de artistas más jóvenes, como Dalí, Alberto o los coruñeses de Alfar, y también sobre García Lorca, para el que hizo el vestuario de El maleficio de la Mariposa (1920); todos ellos, y en general cuantos lo trataron, admiraban no sólo su arte, sino también su actitud ante la vida, y el tesón con que supo sacar adelante su proyecto. Que no perdió el contacto con Barcelona lo prueban sus exposiciones de 1920 en el Teatro Goya y en Dalmau, la segunda con catálogo prologado por Guillermo de Torre.

Además de ser uno de los puntales de las empresas Martínez Sierra (Teatro Eslava, cuya actriz principal era su admirada Catalina Bárcena -a la que retrató en varias ocasiones, y para la que hizo soberbios carteles litográficos-, y Editorial Estrella), al que había conocido gracias a José Francés, ilustró varios libros de poetas ultraístas: Rompecabezas (1921) de Luis Mosquera e Isaac del Vando Villar, Orto (1922) y Bazar (1922) de Francisco Luis Bernárdez, Hélices (1923) -uno de cuyos poemas le está dedicado- de Guillermo de Torre (al que con anterioridad, en 1920, había retratado para el Manifiesto vertical) y La sombrilla japonesa (1924) -en el que hay también una dedicatoria a él- de Isaac del Vando Villar. Puso imágenes a un cuento de Manuel Abril -que apoyó decisivamente su obra, y para el que hizo los decorados de Viaje al portal de Belén (1921)- y a tres de Ramón Gómez de la Serna y participó en los Salones de Humoristas de José Francés. Frecuentó la tertulia sabatina de Pombo, y tuvo el proyecto de hacer un cuadro en torno a ella; su retrato ramoniano a tinta china, de 1921, incluye el siguiente texto: «Y Ramón / con esa cosa que tiene de pepón / nos conduce en su taberna / (decorada por Solana) / a una luna de cartón.» Eugenio d’Ors lo incluyó en Mi Salón de Otoño (1924).

Entre 1925 y 1928 Barradas residió en Hospitalet (Barcelona), donde animó la tertulia del Ateneíllo, y cuyo paisaje urbano aparece frecuentemente en su pintura de aquel entonces, en la que también abundan los temas religiosos. En 1926 volvió a exponer en Dalmau, donde con tal motivo pronunció una conferencia Gutiérrez Gili, muy amigo suyo, y cuya antología Canciones de Navidad (1926) ilustró. Durante esta etapa encontramos ilustraciones suyas en Almanaque de las artes y las letras para 1928, y en publicaciones como La Gaceta Literaria, Mediodía, Papel de Aleluyas y Revista de Occidente.

También realizó varios trabajos para la editorial infantil Muntañola y fue colaborador habitual de Alegría, Revista de Oro, La Semana Gráfica y La Novela Roja. En 1928, año en que ilustró Disco de señales de su compatriota Carlos María Vallejo, en que Giménez Caballero -que había escrito sobre él en El Sol, calificándolo de «el evangelista del Hospitalet»– le dedicó uno de sus carteles, en que Marinetti visitó el Ateneíllo, en que expuso nuevamente en Dalmau, y en que éste le organizó una exposición en Sitges, regresó, ya gravemente enfermo, a su ciudad natal, donde realizó una serie de pinturas en las que quiso «revivir plásticamente», por decirlo con sus palabras, «aquel Montevideo del 900, lo más siglo XIX, que asistió a la decadencia del romanticismo.» Al enterarse de la noticia de su fallecimiento, sus amigos barceloneses (Felipe Alaiz, Cassanyes, Dalmau, Díaz-Plaja, Ángel Ferrant, Foix, Gasch, Luis Góngora, Gutiérrez Gili, Elvira Homs, Sánchez-Juan, Sucre, entre otros) le tributaron, el 17 de febrero de 1929, un homenaje en la escollera del puerto, en el que tomó la palabra Gutiérrez Gili; cuatro días más tarde se inauguraba una exposición póstuma en Dalmau. Entre sus necrológicas destacan el emotivo «Adiós a Barradas» de Guillermo de Torre en La Gaceta Literaria, y las que le dedicaron Julio J. Casal en La Nación de Buenos Aires, Cassanyes en Oc, Jarnés en Revista de Occidente, Ricardo A. Latcham en Revista de Educación, Eugenio d’Ors en un texto recogido en su glosario, y Mario Verdaguer en La Vanguardia.

Durante mucho tiempo sólo se dispuso de los testimonios sobre su vida y obra de Julio J. Casal -su breve pero sustancioso Rafael Barradas (Buenos Aires, Losada, 1949)- y Antonio de Ignacios -su caótico Historial Rafael Barradas (Montevideo, Imprenta Letras, S.A., 1953) con algunas aportaciones interesantes como los varios poemas en prosa del pintor, uno de ellos titulado «Ultra-Interior»-, y de algún catálogo como el de la retrospectiva organizada por Ángel Kalenberg en el Museo Nacional de Artes Plásticas de Montevideo (1972), con texto de Fernando García Esteban.

Se ha avanzado mucho en el conocimiento de su universo, gracias al exhaustivo Barradas (Montevideo, Galería Latina, 1989) de Raquel Pereda, prologado por Rafael Santos Torroella; al libro de Enric Jardí sobre Rafael Barradas a Catalunya i altres artistes que pasaren la mar (Barcelona, Generalitat de Catalunya, 1993)… la retrospectiva organizada por Jaime Brihuela y Concha Lomba (Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1992) -con textos de sus comisarios y Eugenio Carmona, Ángel Kalenberg, Francesc Miralles, Andrés Peláez y Rafael Santos Torroella- y su suplemento Barradas a l’Hospitalet (Hospitalet de Llobregat, Tecla Sala, 1993), con textos de Francesc Miralles, Rafael Santos Torroella, Pilar García-Sedas y Ángel Kalenberg. Pilar García-Sedas ha publicado, bajo el título Joaquim Torres-García i Rafael Barradas, Un dialeg escrit: 1919-1928 (Barcelona, Publicacions de l’Abadía de Montserrat, 1994), y con prólogo de Joaquim Molas, la correspondencia entre los dos artistas uruguayos.

[Juan Manuel Bonet: Diccionario de las Vanguardias en España (1907-1936)]

Procedencia:

Gregorio Martínez Sierra y Catalina Bárcena, Madrid

Katia Martínez, hija de los anteriores

Colección particular, Madrid